No necesariamente las cosas son como nos las muestran. Y no necesariamente hay mala fe en el que nos las muestra como no son.
Compete tanto al receptor como al emisor hacer las lecturas y las aclaraciones necesarias para que la comunicación surta el efecto esperado. El medio puede distorsionar el mensaje; por lo tanto, dependiendo del medio, el lenguaje y las aclaraciones complementarias se harán necesarios para que el receptor entienda claramente, sin ruidos, el mensaje que el emisor quiso comunicar.
Hay sectores que se perciben negativamente por la manera mañosa como manejan las comunicaciones con los clientes. Sectores como el asegurador, el de la salud, el financiero, el publicitario, tienen que pulir su forma de comunicarse. Menos asteriscos, menos “aplican restricciones”, menos lenguaje técnico, menos términos jurídicos, menos letra menuda, menos textos confusos, menos verdades a medias, menos grandes mentiras, menos contratos de adhesión. Todos esos sectores que mencioné, y muchos otros, podrían contar con el verdadero amor del mercado si hablaran más claro y más honradamente.
Las cosas se pueden decir claramente. Si decir las cosas con claridad “le espanta posibles clientes”, mejor que sea en el momento de hablar claro antes de negociar y no después del negocio “hecho”, momento en el que su mala fe se pone en evidencia por ocultar lo que debió haber dicho a tiempo.
No ahorre palabras para ser claro, no oculte nada, haga que la gente vea claramente a lo que usted se compromete y a lo que no se compromete: sea preciso. Sea tan claro como para garantizar que el beneficio de la duda sea a favor del cliente.