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La cena de 1998
Nadie en el pueblo habla de esa foto.
Dicen que fue tomada en el invierno de 1998, en una casa vieja rodeada de árboles que nunca vuelven a crecer del todo. La familia que vivía ahí desapareció sin dejar rastro. Solo quedó la mesa… y la imagen.
A primera vista parece una cena común: cuatro personas sentadas, platos servidos, una canasta en el centro, como cualquier reunión tranquila. Pero hay algo que no encaja.
Las figuras.
No tienen rostro.
No es que estén borrosos… es como si la luz los hubiera borrado. Como si algo no quisiera que se vieran. Sus cuerpos están ahí, sentados, inmóviles, pero sus caras son vacías, blancas, inexistentes.
El fotógrafo, un vecino curioso, aseguró que cuando tomó la foto sí podía verlos perfectamente. Una madre, un padre, dos hijas. Incluso recordó que estaban sonriendo.
Pero cuando reveló la imagen… ya no había caras.
Esa misma noche, empezó a escuchar ruidos en su casa.
Sillas arrastrándose en la cocina.
Cubiertos golpeando suavemente los platos.
Susurros… como si alguien estuviera conversando muy bajo, justo al lado de su oído.
Al principio pensó que estaba imaginando cosas. Hasta que una madrugada se despertó y vio algo en la mesa de su comedor.
Cuatro siluetas.
Sentadas.
Exactamente como en la foto.
Quietas.
Esperando.
Intentó gritar, pero no pudo. Una de las figuras inclinó la cabeza lentamente hacia él… y aunque no tenía rostro, él sintió que lo estaba mirando.
A la mañana siguiente, el vecino también desapareció.
La casa fue sellada.
La foto quedó olvidada… hasta que alguien la encontró años después.
Desde entonces, pasa de mano en mano.
Y hay algo que todos los que la tienen terminan notando:
Cada vez que la mirás…
Las figuras están un poco más definidas.
Un poco más cerca.
Como si, en algún momento…
Fueran a terminar de aparecer.
Y cuando lo hagan…
Ya no van a estar sentadas en esa mesa.
Van a estar buscando un lugar en la tuya.