Esperar en Dios no es solo una acción, sino una postura del corazón en medio de la tormenta. Más allá de la simple espera; se trata de cómo sostenemos nuestra fe cuando el dolor nos golpea con todo. ¿Como reaccionamos cuando nuestro mundo se desmorona en frente de nuestros ojos y lo único que tenemos es una promesa de Dios? Esperar en Dios, es sonreír en el valle de lágrimas, Es el impulso de levantarse una y otra vez, cuando el eco de la desesperación nos susurra que permanezcamos en el suelo. Es en ese espacio, entre la herida y la promesa, donde nuestra fe se forja y se revela su verdadera magnitud.
Esperar en Dios, especialmente en la pérdida, es despojarnos de toda actitud de reclamo. Es un acto de profunda humillación, un reconocimiento sincero de que Él es soberano; su sabiduría y sus caminos están infinitamente por encima de nuestras capacidades y limitaciones humanas. No comprendemos el porqué, no podemos abarcar la plenitud de su plan, y es precisamente ahí donde nuestra fe se aferra a la verdad inmutable: Él es Dios, y su voluntad es perfecta.
Salmos 34:18: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón, y salva a los contritos de espíritu.” Él no solo está con nosotros en el dolor, sino que nos da la gracia para encontrar esa melodía en la tormenta, la fuerza para sonreír con el alma y la capacidad de elevarnos por encima de lo que nos oprime, confiando en que en Él hallaremos consuelo y la promesa de un reencuentro, abrazando su perfecta voluntad.
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