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Ana siguió la costumbre de orar durante muchos años. Iba al Templo regularmente, ofrecía sus oraciones con las ofrendas que su esposo le daba, pero todo seguía igual. Hasta que:
“Y ella, con amargura de alma, oró al SEÑOR y lloró abundantemente. E hizo un voto, diciendo: ¡SEÑOR de los Ejércitos!” 1 Samuel 1:10-11
Ana podría haberse conformado con esa situación y ser para siempre una mujer amargada y triste, pero eligió entregarle a Dios aquello que más anhelaba. Así, dejó de enfocarse en el hijo que no tenía y pasó a confiar en Dios, porque entendía el poder y el peso de un voto hecho en el Altar.
Que Dios bendiga a todas las mujeres.
Recordando que el próximo domingo continuaremos con la oración por todas las mujeres — traiga su perfume.