Al primero que el candidato presidencial en ciernes refuta es al espejo. Ni pensarlo. Pero la vocecita interior convierte esa negativa en un dilema: ¿Y por qué no? Porque no, le dicen un puñado de familiares y amigos. Pero, ¿por qué es que no?, repisan la vocecita y el bando opuesto de confidentes. La idea es un virus que se anida, como el deseo fermentado de hacerse un tatuaje. Una buena mañana la candidata presidencial que jamás aceptó que sería candidata presidencial tiene el brazo extendido para recibir una inyección de tinta.
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