Anteriormente mencionamos las importantes funciones fisiológicas que ejercía el microbioma humano, hoy nos centraremos en las funciones que ejerce la flora intestinal en la motilidad del sistema gastrointestinal.
Tradicionalmente, se ha considerado que los patrones motores del aparato digestivo influyen en el tamaño, en la ubicación y en la diversidad de la microbiota intestinal, a través de esta premisa podemos establecer relación entre algunos desórdenes motores y un crecimiento excesivo de bacterias, debido a altas concentraciones de metabolitos bacterianos y ácidos grasos de cadena corta (Riordan et al., 1997).
La pérdida de la motilidad predispone hacia un incremento en las bacterias colonizadoras en el intestino delgado, por lo que las enfermedades que resulten en una pérdida de la motilidad, tendrán como complicación un sobrecrecimiento bacteriano. Esclerodermia y gastroenteropatía diabética son las enfermedades más comunes que provocan ese sobrecrecimiento cuanto la motilidad está alterada; de hecho, el sobrecrecimiento puede complicar cualquiera de las condiciones que conducen al síndrome de intestino crónico pseudo-obstruído. La relación entre los trastornos miopáticos intestinales y el sobrecrecimiento se ha documentado en un 43-53 % de los pacientes (Marie et al., 2009) (Parodi et al., 2008).
Gran cantidad de componentes y productos bacterianos afectan a la motilidad. De hecho, el potencial para generar respuestas motoras de los ácidos grasos de cadena corta, de otros metabolitos bacterianos, de sales biliares desconjugadas, ha sido ampliamente demostrado tanto en modelos animales como en el hombre (Kamath et al., 1998) (Kruis et al, 1985). Los efectos de las sales biliares bien podrían ser relevantes para la diarrea por sales biliares, un fenómeno que puede explicar el origen de la diarrea del síndrome del intestino irritable (Wedlake et al., 2009) y que ha llevado a la exploración de sales biliares como intervención terapéutica para el estreñimiento en el síndrome del intestino irritable (Rao et al., 2010).
En otros estudios, las modificaciones en la microbiota por cambios en la dieta alteraron los patrones motores en el duodeno y yeyuno (Lesniewska et al., 2006). La fermentación de los carbohidratos no absorbidos son una función de la microbiota del colon. Cambios cuantitativos en el volumen de gas provocan reflejos inducidos por la distensión, mientras que los cambios cualitativos, como una sobreproducción de metano, se ha demostrado que inhibe la actividad motora (Pimentel et al, 2006). Se ha identificado la microbiota como un factor en la patogenia de la hinchazón y la distensión en el síndrome del intestino irritable, pero se desconoce cómo contribuye a este fenómeno (Azpiroz et al, 2005).
Una modificación de la microbiota puede provocar cambios en la fermentación colónica en el hombre se ha demostrado en estudios en los que, ya sea empleando un prebiótico que aumentó selectivamente el número de bifidobacterias, o suplementando directamente las bifidobacterias, se redujo la fermentación colónica (Jiang y Savaiano, 1997). Los cambios en la fermentación influyen en la función motora, que no está solo en el colon, sino en sitios algo más distantes, como la parte inferior del esfínter esofágico y el estómago (Ropert et al, 1996).
En conclusión, en el pasado entendíamos que un trastorno en la motilidad suponía un sobrecrecimiento bacteriano, pero las investigaciones más recientes sugieren que la microbiota influye en el desarrollo de patrones motores normales y su alteración provoca respuestas motoras. Ciertos tratamientos que modifican la microbiota como prebióticos, probióticos y antibióticos han sido incluidos en el tratamiento del síndrome del intestino irritable (Eamonn, 2011).
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