No hay corazón sin heridas. Quizás algunas han cicatrizado con el tiempo, pero hay otras que las escondemos por pena y por vergüenza durante muchos años. Mantenerlas ocultas se vuelve como un deporte de todos los días, y entonces nos construimos fortalezas detrás de las que guardamos lo más vulnerable de nosotros, formamos corazas lo suficientemente duras para que nadie las puede penetrar, usamos máscaras que esconden nuestro verdadero rostro... ¡pero se trata de heridas frescas, son heridas que hablan de un corazón que está vivo!
A veces el secreto se puede apoderar de nosotros, y nos dejamos invadir por él para no revelarnos tal como somos... nos damos pena porque hemos dejado de creer que somos dignos de amor, hemos dejado de creer que somos dignos de perdón, que somos dignos de misericordia. Y el silencio, como sutil enemigo, se vuelve un arma de doble filo porque fue inspirado no por el amor sino por el miedo: si por un lado nos protege de ser lastimados de nuevo, por otro nos carcome interiormente y nos insensibiliza.
No estamos hechos para morir en espera de alguien que finalmente nos comprenda, así como ningún paciente enfermo tiene como destino morir desahuciado y solo en la camilla de algún hospital.
Necesitamos de doctores del espíritu, necesitamos de santos y buenos pastores que se descalcen los pies cada vez que pisen el terreno sagrado de las almas, de una conciencia más actual del tesoro que guarda cada corazón.
Quizás te preguntes si es posible sanar... ¡sólo con ayuda! No te hundas por las heridas de tu vida, ¡eres precioso a los ojos de Dios!
Tus heridas, tus heridas, esas que tú ves... son las que te han traído hasta este momento, tu pasado roto te ha conformado en quién eres... y tienes un presente maravilloso para vivir y un futuro muy prometedor. Tienes que entender que, para Dios, ¡eres infinitamente amado!
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