Marte, hace unos 3.900 millones de años, era un planeta prometedor para la vida, similar a la Tierra. Con agua líquida en su hemisferio norte y una atmósfera rica en dióxido de carbono. También recibió impactos de meteoritos y cometas que enriquecieron su superficie con moléculas orgánicas.
Sin embargo, su tamaño y energía interna no mantuvieron líquido su núcleo de níquel y hierro, solidificándose hace unos 4.000 millones de años. Con ello, su campo magnético desapareció, dejándolo vulnerable a la radiación solar. Perdió gradualmente su atmósfera y paralelamente se detuvo su tectónica de placas acabando con su dinámica geológica hace unos 3.500 millones de años, disminuyendo la actividad volcánica.
La falta de presión atmosférica y ciclos hidrológicos provocó la evaporación del agua superficial, quedando parte en los polos y otra fracción en el suelo y subsuelo. Así, Marte se convirtió hace unos 3.000 millones de años en el árido desierto que conocemos hoy, con temperaturas medias de -55°C. Aunque, tal vez en sus aguas subterraneas guarde sorpresas.