Sentada en el antejardín, descalza, espantando las sombras,
sacando con los dedos de los pies las malezas,
rascándote la cabeza allí donde sacaste canas con violencia,
y la pereza te envuelve como una sábana hilachenta,
adormecida entre el olor a tierra mojada y hortencias,
amilanada entre el ruido de sirenas y balaceras, pero serena,
cautiva y cautivante, reina de la tristeza sempiterna,
una copa en la mano
y la piel reluciente bajo una estrella negra.
Atenta y vigilante,
a las imágenes que se proyectan entre pestañeos,
la Memoria es una vieja sala de cine que cruje y se sacude el polvo y los muertos,
inundando de colores las entrañas, y de dolor, el pecho.
Oyendo graznidos desde los cerros, alerta desde el sueño.
Aplastando zancudos con la punta de los dedos,
un escalofrío te recorre el cuerpo:
¿Cuántas noches te han visto así, y cuántas te seguirán viendo?
¿Habrá alguien que te encuentre adormilada, muriendo de aburrimiento, con el rostro morado y el pasto hasta el cuello?
Dudas que surgen de la mala costumbre de marcar en el calendario los días que nada te dieron,
de evitar mirar a la que te sonríe desde los espejos.
Todo está en el aire ahora, en este vendaval no hay dónde afirmarse,
no hay dónde caerse muerto.
El viento abriendo por igual puertas y tumbas en el cementerio.
El mundo estalla y acá tus vecinas siguen conversando y regando el pavimento.
Son estas noches pegajosas las que te ven en pijamas sirviéndote otra copa,
sentada en el jardín, escuchando Eskorbuto y recordando cómo lo dejaste justo allí,
en medio de la fiesta,
entre el patético arribismo de los comensales
y su impotencia cómoda,
maquillando los errores con chistes malos y anécdotas viejas,
tan inútil como juntar los trozos de una taza rota en vez de echarla al basurero.
La tristeza es eterna y esta calle oculta la frontera de tu reino de neones y ventanas abiertas.
Bajo la cama un ataúd repleto de huesos, una caja de zapatos con arañas anidando entre fotos y recuerdos.
Y los hospitales, allá afuera, siguen vomitando muertos.