A medio iluminar, de cara al espejo
escrutando arrugas en la frente,
peinándote hacia el lado ya,
intentando sacar las manchas de los dientes,
es casi un ritual, un trance,
al ritmo de la carraspera de tanto fumar,
de negociar con los fantasmas otro día más,
otra oportunidad, otra oportunidad...
Mientras enjuagas las lagañas crees escuchar
en las cañerías un barritar,
y el humo del té con canela en la cocina no te hace despertar,
te hunde más y más, te hunde más y más
en el recuerdo de esa ciudad de luz y baila
que ya no existe, que demolió una estampida de elefantes.
Nadie se dio cuenta cuando el desierto llegó para quedarse,
nadie oyó a las viejas y sus huesos crujiendo,
augurando la matanza, el rugir de tripas en los desagües,
sangre demanda la bestia del progreso.
La calamidad urbana, las rotondas arden,
estertores en los cables,
un llanto que viene desde muy adentro,
un ruido de sables,
las víctimas pintarrajeadas en los cristales...
Justo cuando jurabas junto a ella guerra eterna
a las bibliotecas y los mausoleos,
tras besarse en cada bar de mala muerte
y esperar el alba en cada motel, estruendo,
loza rota en el suelo.
Ventanales vibrando, bengalas en lo alto,
las bombas no cayeron desde el cielo, no cayeron desde el cielo,
salieron desde adentro del pecho, salieron desde adentro del pecho.
Y de este lado del espejo te mientes, y del otro recuerdas
que ella lo advirtió, esa noche de noviembre
entre brujas y esqueletos, cuando la asfixió la calma,
antes de perderse para siempre murmuró:
"El tiempo avanza como un elefante: torpe e indolente, torpe e indolente..."
Para siempre murmuró:
"El tiempo avanza como un elefante: torpe e indolente, torpe e indolente..."